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NIPPON-TOUR
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fanart escrito por Karini
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Karini
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11-11-2006
Hiroshi Sugimoto: criar luciérnagas
Duración: 23 diciembre 2005 hasta el 19 de febrero de 2006.
Técnica: Fotografía
Lugar: Japan Society de Nueva York (333 East 47th Street. Nueva York)

Observaciones:
El fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto, coocido por sus series e paisajes minimalistas, presenta ahora en la Japan Society de Nueva York una exposición en la que combina algunos de sus trabajos con piezas de su colección de antigüedades nponas. Una investigación sobre la historia, el tiempo, la vida y la espiritualidad.

Todo lo que en Hiroshi Sugimoto parece descriptivo es realmente un engaño, pero un engaño que emana de una gran finura de espíritu.

En su trabajo, cualquier paisaje, cualquier estado de cosas, seconvierte inmediata y obstinadamente en una esencia de sutil aparición, el pequeño pliegue donde se ha pellizcado la vida, un arañazo de verdad, que es a la vez acontecimiento, espejo en el que nos miramos, no para vernos, sino para descubrir el silencio simbólico de la noche de los tiempos, la forma vacía del goce. "Ceder es conservarse íntegro / doblarse es enderezarse / estar vacío es llenarse", dice un maestro zen. Es difícil imaginar caminos más elocuentes que los que nos conducen al punto de partida, si es que existiera, de Historia de la Historia, en esta tapicería mineral que es la Japan Society, en Nueva York. Encuadrada en el vacío espiritual de la Gran Manzana, la Japan es ese espacio sustraído y desplazado, tan auténticamente moderno que aun sacrificado a la verosimilitud del progreso que la rodea es capaz de superarlo, simplemente por la envoltura de su eficacia: su reversibilidad.

Sin duda vvimos momentos extraños para exposiciones como las que plantea Hiroshi Sugimoto (Tokyo, 1948). Cuando todavía seugimos arrastrando el cadáver de la Historia por los decadentes platós de nuestro spaguetti western global, comprobamos que es posible encontrar artistas criadosres de luciérnagas que alumbran el pasado, más allá de los mármoles imperecederos del decaído Occidente. Historia de la Historia es un simple trazo en la memoria, el ensueño de un autor que ha jugado exquisitamente a mezclar la colección propia de objetos y figuras del Japón antiguo con sus conocidas series de fotografías realizadas durante las dos últimas décadas sobre arquitecturas, escenarios teatrales, objetos votivos y artefactos, personajes ilustres convertidos en ídolos de cera y océanos de silencio infinito. El resultado es una suerte de autobiografía, una marquetería ideográfica distribuida por diferentes salas en una narración abierta, que el espectador ha de leer al vuelo, e cualquier dirección. "Hay dos tipos de historia", explica Sugimoto, "la recordada y la no recordada". Ninguna es estable. Incluso los textos más canónicos están sometidos a continuas lecturas. Lo mismo ocurre con los objetos materiales. Durante milenios, la génesis del mundo era una providencia exclusiva de la religión y las antiguas tradiciones espirituales competían entre ellas para inventar nuevos mitos.

La historia del arte, los artistas, también hemos querido dar una visión unificadora del mundo caótico que nos rodeaba, encontrar esos lugares de sombra a los que ni la ciencia ni la religión ha podido acceder. Esa otra historia es la que yo he querido representar".

La narración de Historia de la Historia arranca con un relicario del siglo XIII (periodo Kamakura), originariamente destinado a conservar las cenizas de Buddha; se trata de un pequeño bronce que adopta la forma de una hoguera y que le sirve al artista para enmarcar en él una fotografía en blanco y negro del mar en calma; un océano inmaterial y translúcido, casi irreal, rodeado de llamas, el renacer de un nuevo paraíso para la humanidad.

La seria Causa y efecto en blanco y negro (2003) recorre en 12 estadios la formación del planeta Tierra, según la cuenta Sugimoto. Acopladas en pequeños cofres de madera iluminados, las fotografías reproducen escenas construidas a la manera de un collage, desde la formación del mundo vivo subacuático, hace 600 milones de años, hasta el sueño de una tierra prometida poblada de pájaros del paraíso, con el promontorio sagrado del Fuji al fondo. Se trata de un paisaje de emoción concentrada precedida de otras secuencias aleatorias, desde la aparición de los primates y una cosmogénesis que se abre a la comunicación divina de la naturaleza (el zen no tiene dios) hasta la explicación científica del universo en la persona de Albert Einstein, convertido en figura de cera, o todos esos símbolos culturales que reducen a operaciones semánticas nunca controladas (la familia real británica) el infinito vicioso del poder.

Como no podía de otra forma, no falta la imagen de la fertilidad y el poder, en este caso subvertida por una piedra de granito alargada (periodo Jomon) (10.000-400 antes de Cristo) recostada en una mesa de hospital (Testament of a Penis). De la misma época, una figura de arcilla en forma de cruz, utilizada por el chamán en los rituales kami-gakari, parece observarnos permanentemente encerrada en una expresión de temor.

Las sedas del periodo Tempyo(710-784) usadas en los ceremoniales para honrar al gran Buddha atestiguan hasta qué punto en la cultura nipona es difícil la noción tajante de sentido, pues en ellas los dibujos se insinúan en capas, son hojaldres donde se sobreponen figuras y grafías, como si la propia trama indicara que en ese silencio pesado y místico de los nombres uno puede encotrar la revelación. Dispuestos a la manera de un mosaico, los colores de los tejidos recortados de forma irregular parecen arrancados de la paleta de Andrea Mantenga (¿los paisajes imaginarios del San Sebastián?), una de las influencias de Sugimoto.

Las delicadísimas digurillas de las diosas shinto encerraas en el silencio de la urna compiten en elocuencia con fragmentos pictográficos del siglo XIII, como el que reproduce el diario de sueños que el poeta Myoe escribió durante cuarenta año. Myoe fue un monje a la manera de San Francisco de Asís, vivió como un eremita hasta los sesenta años, pues había renunciado a hacer una carrera en la iglesia budista. Su existencia austera y disciplinada le enloqueció, hasta que no pudo más, y se cortó una oreja. Es probable que Vincent Van Gogh, admirador de los grabados y la escritura japonesas, hubiera hecho un viaje cósmico hacia aquellas tierras pobladas de kami antes de decidir automutilarse.

En la serie Confesiones de una máscara (2003), Sugimoto reúne cuatro caretas de madera (siglo XIII) que marcan la transición de la época antigua al perido más sofisticado de la época Noh. Son rostros "escritos", que conducen la cara a la extensión vacía del carácter (Character) y cuya emotividad está focalizada en la boca, como si fuera el tintero, el fondo sin fondo de la escritura.

Historia de la Historia concluye con la maqueta de la capilla Go-O, construida en 2002 en lo alto de una roca en la isla de Naoshima, en el mar interior de Japón, un edificio que sigue el ejemplo de los santuarios shinto del siglo XIV. Sugimoto interpreta este tipo de construcciones muy libremente: por un lado, crea un interior, una cámara subterránea, subrepticiamente abierta al mar, un espacio teológico agazapado en la oscuridad que espía la plenitud de las aguas. Unos escalones que parecen bloques de hielo nos conducen a la pequeña capilla, rodeada de un jardín seco. Pero en realidad este santuario actúa como un intersticio, un fragmento de toda la casa real que es la naturaleza y que ningún protocolo ha sido nunca capaz de fijar.

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